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Doctor Giuseppe Conte

Acto Académico de entrega del doctorado honoris causa 
de la Universidad de Buenos Aires al profesor 
Giuseppe Conte
29 de noviembre de 2018

Buenos Aires – República Argentina


Giuseppe Conte acompañado del embajador de Italia en la Argentina, 
Giuseppe Manzo y de Marcos M. Córdoba

Laudatio del profesor doctor Marcos M. Córdoba

Links
https://www.youtube.com/watch?v=Wbucccv49R4
https://www.youtube.com/watch?v=WNt7sfvMAx0&frags=pl%2Cwn

Texto escrito 
Señor rector de la Universidad de Buenos Aires, profesor doctor Alberto Barbieri; señor presidente del Consejo de Ministros de la República de Italia, profesor doctor Giuseppe Conte; señor embajador de Italia en Argentina licenciado Giuseppe Manzo; vice-rector de la Universidad de Buenos Aires, profesor Juan Pablo Mas Vélez; señor decano de la Facultad de Ciencias Económicas, profesor doctor Ricardo Pahlen Acuña; demás autoridades presentes; señores profesores; señoras y señores. 

Se me ha encomendado la laudatio del profesor Giuseppe Conte y las circunstancias especiales que corresponden a su visita a nuestro país, coincidente con su fundamental participación en el principal foro internacional para la cooperación económica, financiera y política en el que se abordarán los grandes desafíos globales con el propósito de generar las políticas públicas que lo resuelvan, imponen que mi participación sea realizada en tiempo brevísimo. Ello anunciaría, en principio, la imposibilidad de exponer su mérito con suficiencia. Seguramente en otros casos fuese así, pero en este me benefician dos elementos de enorme importancia; el primero de ellos es la característica de su obra. De la lectura del currículum del doctor Conte resulta la vastedad de su producción intelectual y científica del derecho. Por ello, no realizaré una exposición cuantitativa de ésta, me referiré a la cualitativa, pues tengo plena convicción que su mayor mérito es causado porque su obra se sustenta en valores solidarios. Lo dicho demuestra su particular sensibilidad, que acompañada de un intelecto brillante, le ha permitido la elaboración de ideas en beneficio del interés general que, con el impulso de su actitud han logrado que su mérito no sólo se corresponda con la construcción teórica sino también con la aplicación práctica efectiva. 

Me asiste, también, el beneficio de conocer el pensamiento y la obra de Giuseppe Conte, no sólo por su lectura. He tenido contacto directo y personal con el ilustre profesor. En efecto, el 10 de marzo de 2010, el actual Magistrado del Tribunal Constitucional de la República del Perú, profesor Augusto Ferrero Costa convocó a un grupo de juristas sobresalientes para rendirles homenaje en la embajada de su país en Roma. Estuvimos allí junto con el magnífico profesor Guido Alpa; Pietro Rescigno; Nicolò Lipari; Antonio Palazzo; y el joven profesor Giuseppe Conte. Casi de inmediato, en el Complesso Monumentale di Santo Spirito in Sassia se celebró un espléndido congreso jurídico por la participación del más elevado y profundo pensamiento científico del derecho. Basta con indicar que Guido Alpa tuvo a su cargo la conferencia de apertura y Ángelo Falzea las observaciones conclusivas. 

En dicho evento jurídico, que convocó a los más prestigiosos profesores de los principales centros jurídicos europeos, al profesor Conte y a mí nos correspondió dictar conferencias en la Sala Lancisiana. Lo expuesto me permitió comprobar los valores que sustentan el accionar de quien hoy homenajeamos. Conte expuso sobre los argumentos y técnicas del abogado civilista y lo realizó con base en estándares éticos demostrativos de que sus convicciones alcanzan el más alto grado moral. 

Ello no ha constituido una acción aislada en su trayectoria académica, ya que su ocupación fundamental radica en la protección del interés general. Su pensamiento se funda en la solidaridad, es decir en hacerse cargo de las necesidades de los otros. La solidaridad es un género compuesto por dos especies: una, la solidaridad espontánea, la otra, la exigible. Es decir algo contenedor de un valor superior al establecido en los códigos civiles de Italia y Argentina, que han seguido los pasos del de Francia evocándola con el único propósito de designar el destino común que obliga a más deudores a cumplir por el todo ante el acreedor. Esta orfandad legislativa del uso del ejercicio de solidaridad ha encontrado remedio mediante desarrollos científicamente estrictos en lo teórico y de inconmensurable utilidad social proveídos por el profesor Giuseppe Conte. 

Acreditan mis dichos lo expuesto en la obra escrita del profesor, quien en su código civil comentado”, editado por Giuffrè, efectúa oportunas advertencias de la función del contrato respecto de la efectividad social. Ello se refleja en toda su producción doctrinaria. Así resulta, también entre otras, de la titulada “La empresa responsable”, en la que el profesor Giuseppe Conte nos invita a reflexionar acerca de las múltiples dimensiones de la “responsabilidad” que asume quien decide emprender una actividad empresarial. Sin duda una responsabilidad económica. Pero también jurídica, social y moral. Responsabilidad hacia aquellos que contribuyeron con la inversión inicial, pero también hacia los propios dependientes, asesores, proveedores, consumidores y usuarios de la comunidad donde despliega su actividad la empresa. 

Conte nos recuerda que la locución “responsabilidad social de la empresa” ha sido introducida en el lenguaje corriente hace ya unos cuantos años. Las grandes empresas, así como las medianas, emergen en el mercado enunciando que tienen una misión que cumplir; ostentan comités de ética, elaboran balances sociales y de sustentabilidad y obtienen certificados de calidad. 

Se pregunta: ¿qué se esconde detrás de estos conceptos que sin duda contrastan con las reglas imperantes en el mercado? Asevera que el fenómeno de la responsabilidad social de la empresa es un fenómeno que nace y pertenece al mercado. En estos últimos años numerosas empresas se han visto compelidas a adoptar un comportamiento “virtuoso” con el propósito de aplacar la sensibilidad de las asociaciones de consumidores y de las ONG y contrarrestar su reacción aguerrida. 

Agrega que en realidad las empresas adoptan comportamientos socialmente responsables aunque más no sea para obtener ventajas competitivas. Sin embargo, el fenómeno de la responsabilidad social de la empresa, como cada fenómeno complejo, permite varias lecturas. Se trata de un terreno donde confluyen especialistas de disciplinas diferentes cuyas conclusiones son cruciales para la teoría y la práctica política, jurídica, ética y económica. 

Considera el doctor Conte que para comprenderlo es necesario un diálogo más intenso que el ya producido entre lo jurídico, lo moral y lo económico. Se trata de universos distintos pero no por ello incomunicados. Por tal motivo, propone una ética de la discusión basada en el consenso de los participantes, según la concepción de Habermas. Una ética que, sin duda, no puede excluir de la discusión a la política. 

Conte reflexiona sobre el necesario diálogo entre los elementos de estos tres ámbitos exponiendo que en los últimos siglos del milenio pasado, el derecho, la ética y la economía eran compartimentos estancos. Agrega que las causas que motivaron ese distanciamiento son múltiples y complejas, siendo una de ellas el advenimiento de la modernidad, cuyo proyecto tenía como norte la construcción de una sociedad nueva sustentada sobre la razón. 

Destaca que fue Maquiavelo el que anticipó este giro al realizar una distinción tajante de la política y la moral. También contribuyó a este distanciamiento Galileo al separar la verdad de la fe respecto de la que surgía del estudio del estudio de la naturaleza. De tal modo, el conocimiento científico fue desarrollándose con sustracción de la moral, la cual fue relegada a una dimensión más modesta ciñéndose a los actos privados. Sostiene el profesor que en estos últimos años se advierten señales que reflejan una tendencia inversa. Se avizora un nuevo paradigma más propicio a discutir los presupuestos éticos y la finalidad social de los nuevos modelos de investigación. 

En su desarrollo explica que se le critica al iuspositivismo no haber opuesto ningún antídoto eficaz para contrarrestar los regímenes totalitarios y de brindar una visión del derecho, del rol del juez y del jurista en forma abstracta y, por cierto, alejada de una dimensión social. Esta concepción monista dominó en forma preponderante la teoría general del derecho. Generaciones enteras de juristas se han formado bajo este paradigma sin que hicieran mayores cuestionamientos a este enfoque. 

Sostiene que hace ya algunas décadas esta concepción se fue debilitando. En efecto, en el comercio internacional se ha desarrollado una práctica compartida de reglas que se separan del conjunto de reglas jurídicas de origen estatal y se vuelve a proponer un instrumento de reglamentaciones ágiles y eficaces, una nueva lex mercatoria. Se han promovido cada vez más iniciativas espontáneas que permiten cotejar diferentes modelos jurídicos y apuntan a que exista una comunicación más intensa entre las diversas experiencias jurídicas nacionales. 

A través de estas iniciativas el proceso de armonización y unificación del derecho está realizando pasos agigantados en múltiples áreas inherentes a la comunicación. En esta nueva realidad sin embargo siguen marcando el camino los instrumentos tradicionales que apuntan a la uniformidad, relacionados con iniciativas oficiales de los estados nacionales, los cuales a través de tratados y de convenciones, introducen normas o disposiciones uniformes de derecho internacional. 

De tal modo, se desvanece el monopolio estatal en la producción de normas, pues se multiplican los sujetos habilitados a introducir reglas en los ordenamientos estatales, es decir, derecho interno. 

Pero, señala Conte que, una mínima y compartida jerarquía de valores; un mínimo catálogo ético común no negociable deviene absolutamente indispensable, tanto más en un contexto social como el actual en el que se vuelve más dramática la diversidad y el contraste de la riqueza. 

Así, el diálogo entre derecho, ética y economía, que propone Conte, se manifiesta en sus desarrollos teóricos sobre la responsabilidad social de la empresa sustentada en el terreno de la justicia social. En este diálogo incluye a la política que no debe permanecer indiferente sino muy por el contrario jugar un papel fundamental. Sostiene que se debe construir la doctrina de la responsabilidad social como principio ecológico que nos hace sentir a cada uno de nosotros obligado también hacia las generaciones futuras e incluso hacia el campo entero de la biósfera. 

Esta nueva concepción de la empresa, que propone Conte, afronta con más eficacia el desafío de la complejidad y de la competitividad. Se puede partir de esta concepción para construir la figura de una empresa que funda su actividad en una red de sujetos responsables y cuyos procesos productivos se implementen en un clima de confianza y de diálogo entre los componentes económicos y sociales, en un mecanismo virtuoso de planificación y de experimentación. 

Esta visión de Conte de la empresa solidaria se da en una economía que ha desarrollado una suerte de “meta poder, sustrayéndose a las relaciones organizadas en un determinado territorio de una nación, con el afán de conquistar nuevos mecanismos de intervención en el espacio digital”. Este “meta poder” que ejerce la economía se debe a la denominada corporation mobility: a la relativa facilidad que tienen las empresas transnacionales de transferir sus procesos productivos y de desarrollar sus propias iniciativas económicas en áreas que ofrecen condiciones políticas, jurídicas y económicas más favorables. 

Por lo que, advierte Conte, gran parte de los estados han quedado implicados en una competencia forzada, que los ha obligado a adoptar en los últimos treinta años reglamentaciones de actividad económica cada vez más flexibles, con la esperanza de poder crear condiciones de mercado más atrayentes para los inversores extranjeros 

De tal modo, que el instrumento de coerción utilizado en la realidad global “no es la amenaza de una invasión, sino la amenaza de no invasión por parte de los inversores, o su partida. Es decir, existe una cosa peor que ser sometidos por las multinacionales, cual es, no estar sometido. 

Ante esta circunstancia propone un creciente rol de la ética en el nuevo espacio global del mercado, ya que está conquistando espacios cada vez más amplios en el ámbito de la economía y de las normas jurídicas. 

Esta renovada sensibilidad ética generó la idea de empresa socialmente responsable; aquella que desarrolla su actividad económica y persigue una finalidad lucrativa tomando siempre consciencia del impacto que sus iniciativas produzcan en el plano social y ambiental, de tal modo, que arbitra los medios para prevenir daños en la sociedad y en las generaciones futuras. 

En síntesis, la ocupación de Giuseppe Conte está en lograr la satisfacción del conjunto aún mediante sacrificio del propio. Ello constituye el mayor rasgo de comportamiento ético por atender al “otro”. La solidaridad es un principio rector de los principios generales del derecho, pues de él se derivan los demás. Coincidiendo con mis palabras de inicio, el mayor mérito que hace sobresaliente al profesor Giuseppe Conte resulta del valor de sus construcciones científico-jurídicas de utilidad social. 

Se cumplen así hoy fielmente las palabras pronunciadas por Guido Alpa en oportunidad de cancelar el Congreso de Juristas del Mediterráneo en Lípari el 5 de octubre de 2008 afirmando: “La República Argentina es el puerto de ingreso de la cultura jurídica europea, luego recibirla la enriquece y adapta a sus propias necesidades sociales y la distribuye en los países de la región.” 

En la actualidad, Giuseppe Conte aporta a ello, siguiendo el camino de grandes maestros italianos que iluminaron a nuestra sociedad con sus ideas. Me refiero a civilistas como Francesco Carnelutti, Francesco Messineo y Emilio Betti, en el pasado, y al ya mencionado y célebre Guido Alpa, Francesco Galgano, Pietro Rescigno, Angelo Falzea y Renato Sconamiglio; en el presente, que tal cual lo hace hoy Giuseppe Conte exponen su saber sobre la base de valores. 

Esta descripción del ejercicio del saber que enriquece el patrimonio intelectual de nuestra República, sobre la base del valor fundante que constituye la solidaridad, justifica plenamente el reconocimiento que se le hace al profesor Giuseppe Conte al designárselo con la distinción académica de mayor rango: Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires.


Lectio Magistralis del Presidente Conte

Link
https://www.youtube.com/watch?v=BdrPNiTIcxo&frags=pl%2Cwn

Texto escrito 
Magnifico Rettore, prof. Barbieri, Signori Ministri, prof. Pahlen, prof. Cordoba, Autorità, Illustri Ospiti, Studenti, buenos dias a todos Ustèdes! 

Sono siceramente onorato, e sinceramente emozionato, di essere qui con voi oggi a ricevere questa alta onoreficenza, e sono onorato e emozionato per molti, importanti motivi. 

L’Argentina è il primo Paese che visito in America Latina. Questa Università, la più grande dell’Argentina, seconda in America Latina, conta 300.000 studenti e ha formato Presidenti della Repubblica – alcuni di origine italiana (Frondizi e Illia) – ha laureato e ha avuto a lavorare con sè ben quattro dei cinque Premi Nobel argentini. Questa Università, che è così prestigiosa, è la prima tappa del mio viaggio. 

Questa è inoltre la prima volta in assoluto che intervengo all’estero in un’Università da quando ho assunto l’incarico di Capo del Governo, lasciando proprio la carriera accademica e gli studenti, che mi hanno sempre costantemente offerto preziosi stimoli nel corso degli anni e mi hanno sempre regalato grandi soddisfazioni fino allo scorso mese di maggio. 

Le Università sono dei templi del sapere, depositari della nostra identità culturale. Sono soprattutto, come recita il vostro motto “Argentum virtus robur et studium” (la virtù dell’Argentina è la forza e lo studio), sorgenti della forza di un Paese, motori di crescita culturale, sociale ed economica. Questo vale in Italia quanto in Argentina, due terre unite dal legame più forte che due Paesi possano avere, quello tra i rispettivi popoli. 

Mi riferisco agli oltre tre milioni di emigranti italiani che sbarcarono in Argentina, contribuendo allo sviluppo del vostro Paese, divenuto nella prima metà del XX secolo il “granaio del mondo”. Penso ai 900.000 connazionali della comunità italiana in Argentina – pensate – la più numerosa all’estero. I nostri due popoli parlano lingue molto simili – con il vostro castellano, che assomiglia tanto all’italiano –, condividono valori culturali, direi anche il modo di pensare e di vivere, la gastronomia, finanche la passione per lo sport. 

Sono felice che il legame tra Italia e Argentina sia vivo oggi e forte più che mai, anche sotto il profilo della formazione e della collaborazione universitaria: 65.000 studenti italiani in Argentina, oltre 100 sedi dell’Associazione Dante Alighieri, 200 accordi tra le varie Università dei due Paesi e un campus dell’Università di Bologna a Buenos Aires, sono tra i dati che mi hanno maggiormente impressionato. 

Sono certo che anche il Centro Italo-Argentino di Alti Studi che ho appena inaugurato nella vostra Università contribuirà, e farò di tutto perché questo accada, ad alimentare questo legame culturale e scientifico. 

Per tutte queste ragioni, comprenderete la mia particolare emozione e la sincera gratitudine che voglio esprimere al Magnifico Rettore e al caro amico Professor Marcos Cordoba. Sono davvero orgoglioso del prestigioso titolo di cui avete voluto insignirmi e sono grato al professor Cordoba per le parole – se posso dire – fin troppo generose, che ha speso per me nella sua laudatio. 

Mi rivolgo a voi e in particolare anche agli studenti, che siete impegnati a realizzare le premesse per un futuro migliore, e vorrei dedicare a voi questo mio intervento. Mi concentrerò sul tema della “sostenibilità”: ho intitolato la mia lectio “Sostenibilità: multiculturalismo, governi nazionali e imprese responsabili” e in particolare mi dedicherò alle responsabilità e sui ruoli che il multilateralismo, i singoli governi e le imprese possono assumere, anzi devono assumere, su tre livelli distinti ma fortemente integrati, per il raggiungimento degli obiettivi di sostenibilità ambientale, economica e sociale in accordo con l’Agenda 2030 delle Nazioni Unite. 

Il primo livello di responsabilità è quello della comunità internazionale nel suo complesso. Abbiamo di fronte sfide globali, che richiedono risposte globali e quindi un multilateralismo effettivamente efficace, imperniato sulle Nazioni Unite e fondato su pace, giustizia, equità, come ho già avuto modo di affermare all’ultima Assemblea Generale dell’ONU. Italia e Argentina condividono questa visione sul piano generale e su aspetti specifici prioritari, come sulla riforma del Consiglio di Sicurezza. 

Un approccio di “responsabilità condivisa” è necessario sul piano politico e di sicurezza, prima ancora che economico. Lo abbiamo invocato e perseguito su una sfida complessa come quella delle migrazioni, dopo aver soccorso e salvato migliaia di persone nel Mediterraneo, “salvando l’onore dell’Europa”, così ci è stato riconosciuto dalle medesime istituzioni europee. 

Lo stiamo perseguendo anche nel processo di stabilizzazione della Libia, convocando a Palermo, due settimane fa, una conferenza a cui hanno preso parte tutti gli attori interessati, e che non ci ha visto offrire soluzioni predeterminate bensì promuovere un dialogo inclusivo, con la piena collaborazione delle Nazioni Unite. 

Sul piano della sostenibilità economica, sociale e ambientale, sono convinto che la prima responsabilità dei fori di dialogo multilaterali sia di comprendere la rapida evoluzione e le sfide dello scenario globale, e di adattare di conseguenza le risposte. 

Il fenomeno della globalizzazione ha arrecato anche crescita, benefici, riducendo la quota della popolazione mondiale in condizioni di povertà estrema. Ha prodotto, tuttavia, e dobbiamo riconoscerlo, anche distorsioni, contribuendo ad alterare l’equilibrio, in particolare in Occidente, tra remunerazione del capitale e del lavoro. 

La facilità, per le imprese, di reperire il fattore lavoro ovunque nel mondo, ha comportato una pressione al ribasso della sua remunerazione, rispetto a quella del capitale. Si è allargata così la forbice tra i detentori dei fattori capitale e lavoro; è cresciuta cioè l’iniquità nella distribuzione della ricchezza, sempre più concentrata nelle mani dell’1% dei più ricchi. Questa iniquità ha generato non solo sentimenti diffusi di frustrazione, di disagio ma anche un effetto negativo sui consumi aggregati, spingendo al ribasso la crescita economica complessiva. 

Questo disagio, e le sottese istanze di benessere, di equità e di dignità, devono essere ascoltate e comprese, nella consapevolezza che la globalizzazione richiede un principio di governo che valga a gestirne gli effetti perversi. Sin qui la dimensione economica si è dilatata, si è espansa senza freni. Occorre che la politica, intesa come indirizzo di governo che presuppone coordinamento delle azioni verso predeterminati obiettivi ma anche il diritto, inteso come quadro regolatorio delle attività, tornino a recuperare i loro spazi. Solo da queste premesse può svilupparsi una governance che possa accompagnare e assicurare uno sviluppo sostenibile, garantendo condizioni di vita eque e dignitose a tutti i cittadini, a partire dai nostri giovani, senza che nessuno rimanga esiliato dal consorzio sociale o comunque rimanga frustrato nelle sue legittime aspirazioni. 

Non è un caso che, in parallelo a questo disagio, rimasto a lungo inascoltato, siano emerse nuove tendenze protezionistiche, esplose lo scorso anno, proprio quando il commercio mondiale aveva ripreso a crescere a ritmi sostenuti, dieci anni dopo l’inizio dell’ultima grande crisi economica globale. L’Italia e l’Argentina, pur nella diversità delle rispettive economie, sanno bene quanto una contrazione del commercio possa rivelarsi dannosa. 

Abbiamo bisogno di una riflessione globale sul commercio, di una revisione delle sue regole e di un rinnovo dei meccanismi di funzionamento dell’Organizzazione mondiale del commercio, per assicurare la creazione di un vero level playing field, in cui chi beneficia del libero commercio rispetti anche le regole su cui esso è fondato, tra cui ad esempio il principio di tutela della proprietà intellettuale, a garanzia dell’innovazione. L’alternativa è cedere il passo alle spinte protezionistiche, ma in sistemi economici che rimettono a spazi così integrati, le misure protezionistiche espongono, inevitabilmente, a contromisure, innescando una spirale conflittuale in cui tutti gli attori rischiano di risultare perdenti. 

Una riflessione globale è necessaria anche sul tema della connettività, che è un tema strettamente legato al commercio, che ci impone di assumere decisioni di grande importanza; penso, in particolare, al progetto Belt and Road, che interessa molti Paesi tra cui l’Italia, e che ripropone la suggestione – in accordo con le più avanzate tecnologie – di un recupero dell’antica “Via della Seta”, che collegava l’Italia e la Cina. Quello che abbiamo di fronte è un progetto che sta cambiando i termini economici ma anche politici del rapporto della Cina con il resto del mondo. Dobbiamo quindi unire gli sforzi perché esso sia attuato secondo criteri di trasparenza e sostenibilità, anche finanziaria, garantendo un level playing field ma anche il rispetto delle regole del procurement internazionale. 

È responsabilità della comunità internazionale il contrasto al cambiamento climatico, perché esso produce effetti più o meno gravi ma non risparmia nessun Paese, perché viviamo su un unico pianeta e nessun Paese può affrontare questo problema da solo. Nel 2015, a Parigi, abbiamo dato prova di grande coesione sul piano internazionale. Ora però quell’accordo è tornato in discussione, e proprio adesso diventa urgente la sua piena attuazione. 

Abbiamo anche la responsabilità di affrontare le sfide globali che derivano dalla rivoluzione digitale. Penso alla formazione, soprattutto dei più giovani. Abbiamo bisogno di adeguati digital skills in tutti i settori produttivi, anche in quelli tradizionali. Diversamente, rischiamo di creare nuove fratture, infatti si ragiona di digital divide, di fratture tra aree geografiche e all’interno delle nostre società complesse. Penso anche al problema dell’elusione e all’evasione fiscale delle grandi società del digitale, che hanno una capitalizzazione ormai pari a quella di alcune economie del G20. Basti pensare che solo 19 stati al mondo hanno un PIL superiore alla capitalizzazione di Apple. La risposta qui dev’essere coordinata a livello globale. Ove ci si affidi esclusivamente al criterio della concorrenza tra ordinamenti giuridici, il rischio concreto è una corsa al ribasso (race to the bottom) con danni per tutti: i singoli Stati, pur di attirare gli investitori ed evitare il trasferimento all’estero delle sedi legali delle società, finiscono per offrire regolazioni sempre meno rigorose e quindi efficienti e offrono giurisdizioni fiscali sempre più convenienti. 

Il G20, di cui Buenos Aires domani ospiterà un importante vertice, è un foro ideale per discutere di queste sfide globali, per riflettere su una governance in grado di garantire uno sviluppo sostenibile. 

E sono anche molto felice, ho molto apprezzato i temi scelti dalla presidenza argentina: “Un futuro giusto e sostenibile”, “mettere il popolo al primo posto”, “costruire il consenso”. Ecco, credo davvero che avremo una discussione molto aperta, senza soluzioni prestabilite ma sicuramente farò di tutto e faremo di tutto, confido, con gli altri leader perché la riflessione apporti un valore aggiunto rispetto a tutte queste sfide. 

Poi c’è il tema della responsabilità e il ruolo dei singoli governi. 

Il valore aggiunto e il ruolo della comunità internazionale, ancor più in questa epoca dell’incertezza, in cui sono in discussione molti dei pilastri dell’architettura multilaterale, dipende dall’impegno che assumono i singoli Stati nei fori di discussione più importanti. 

La responsabilità dei singoli Stati non si esaurisce peraltro nella loro azione sul piano internazionale. Ciascun Paese, ciascun governo è chiamato singolarmente a mettere al centro della propria azione gli obiettivi dello sviluppo sostenibile. È proprio questa la differenza tra gli Obiettivi del Millennio, concepiti nel 2000 in una logica di “assistenza” dei donatori ai Paesi in via di sviluppo, e gli Obiettivi di Sviluppo Sostenibile dell’Agenda 2030, validi per tutti i Paesi, in una logica di responsabilità condivisa e di partenariato. 

Perché questo cambio di paradigma? Perché con la globalizzazione si sono erosi anche i confini delle nostre rispettive sfide. Lo abbiamo percepito per primi, in Europa, nel rapporto con l’Africa, con la quale abbiamo rilanciato un partenariato strutturato e paritario, invocando uguale attenzione da parte di Bruxelles. Perché la maggior diffusione della povertà assoluta è ormai nei Paesi a reddito medio. La priorità è la diseguaglianza, l’iniquità, nei Paesi più ricchi e in tutti gli altri. 

“Mettere il popolo al primo posto”, è il tema scelto, dicevo, dalla Presidenza argentina per questo Vertice G20, diventa un imperativo universale, ed è esattamente la priorità che si è dato, sul piano nazionale, il Governo che ho l’onore di presiedere. 

Dal primo giorno di giugno, quando ci siamo insediati, ci siamo posti l’obiettivo morale, prima ancora che politico, di dare risposte concrete al disagio diffuso nel Paese, con l’ambizione di garantire agli italiani equità e dignità ricreando, specie nei più giovani, la stessa fiducia che li ha animati nell’ultimo dopoguerra sino a rilanciare, in un momento di estrema difficoltà, sulle macerie di un regime che era stato distruttivo, rilanciare il nostro tessuto sociale ed economico con risultati che sono stati giudicati “miracolosi”. 

Il nostro obiettivo è lo sviluppo sostenibile nel segno dell’equità sociale, più ancora del tasso di crescita del reddito. Il governo di un Paese ha la responsabilità di vegliare sulle condizioni alle quali viene generato il reddito, se ciò avvenga intaccando il patrimonio naturale e di conoscenza, o il suo tessuto sociale. 

Un Paese che consuma risorse non riproducibili per alimentare la propria economia è come una famiglia che non manda i figli a scuola per farli lavorare; è come un’impresa che non offre la manutenzione dei propri stabilimenti o che non forma il proprio personale. Potrà certo conseguire risultati positivi nell’immediato ma alla lunga verrà esclusa, esiliata, cacciata via dal mercato. 

Sono questi i principi che hanno ispirato le riforme strutturali e le politiche di sviluppo avviate dal mio Governo. Mi riferisco al “Decreto dignità”, per condizioni più eque di lavoro; mi riferisco al Disegno di legge anticorruzione; mi riferisco ai vari interventi per mettere in sicurezza il nostro territorio; mi riferisco al piano di investimenti in infrastrutture; mi riferisco al complesso della nostra Manovra economica e a misure quali ad esempio il “reddito di cittadinanza” e alle varie misure fiscali. 

So che i temi dell’equità sociale, della sostenibilità ambientale e del contrasto alla corruzione sono prioritari anche per il Governo argentino, pur nella congiuntura delicata che il Paese sta attraversando. 

Italia e Argentina sono economie diverse. L’Italia, è seconda manifattura d’Europa, a forte vocazione esportatrice; l’Argentina, forte di una straordinaria ricchezza di risorse naturali e impegnata ad integrarsi maggiormente nelle catene globali del valore. Eppure Italia e Argentina condividono l’impegno a conciliare i rispettivi vincoli di bilancio con politiche sociali di sostegno alle fasce più deboli della popolazione. 

Terzo aspetto di questa complessa questione: l’impresa responsabile, motore di sviluppo sostenibile. 

L’azione dei singoli governi, all’interno dei rispettivi Paesi e sul piano internazionale, non è sufficiente, non può essere sufficiente, a garantire il raggiungimento degli obiettivi di sviluppo sostenibile, perché la sfida della sostenibilità, nelle sue varie dimensioni – sociale, economica, ambientale – permea tutte le relazioni sociali e le attività economiche. 

Da qui il ruolo centrale dell’impresa come motore di sviluppo, e in particolare di quella che ho indagato e ho definito, come è stato ricordato dal Prof. Cordoba, in una mia recente pubblicazione, uscita prima di assumere l’incarico di Capo di governo, “l’impresa responsabile”. 

L’impresa responsabile non costituisce una mera organizzazione efficiente di mezzi finalizzata a scopi di lucro, alla remunerazione immediata degli shareholder, bensì una realtà inserita in una comunità più ampia di stakeholder di cui cura gli interessi. Chi sono questi stakeholder? Questa platea è ampia, ricomprende oltre agli shareholder, gli azionisti, anche i clienti, i fornitori, le istituzioni, il personale interno, la collettività nel suo insieme, l’ambiente in cui l’impresa opera. 

L’imprenditore responsabile, però attenzione, non è mosso da slanci solidaristici o particolare generosità – non è un benefattore, non è un filantropo – è mosso dalla ricerca del profitto, e questo è un bene, perché consente una gestione efficiente delle risorse e quindi la remunerazione, che è fondamentale, dei fattori produttivi. Egli tuttavia sa che deve misurarsi con i tanti portatori di interesse che lo circondano se vuole assicurarsi profitti anche nel medio e lungo periodo. 

Curando l’interesse di tutti gli stakeholder – con attenzione alle risorse naturali che impiega e su cui ha impatto la produzione, al suo “carbon footprint”, alla formazione e alla crescita dei suoi dipendenti – l’impresa responsabile diventa il motore propulsivo dello sviluppo sostenibile. 

Il fenomeno della responsabilità sociale d’impresa, dalle forme primordiali a quelle più recenti di “innovability”, e più in generale la diffusione di istanze etiche anche nell’ambito nelle iniziative imprenditoriali, ha conosciuto una crescita straordinaria proprio con la globalizzazione, tanto sul piano della teoria economica e giuridica, del dialogo tra diritto, economia ed etica, quanto sul piano pratico dell’attività economica, soprattutto delle attività economiche delle multinazionali. 

I codici etici, i bilanci sociali, le norme di autoregolamentazione adottati spontaneamente dalle imprese, e da cui sempre più dipendono anche le loro capitalizzazioni di borsa, si sono sviluppati insieme a linee di soft law internazionali, pensiamo alle “linee guida OCSE per le imprese multinazionali”, pensiamo al Global Compact che è stato lanciato delle Nazioni Unite. 

In parallelo, l’etica ha ripreso un posto importante anche nelle scienze economiche. Come voi studenti di economia ricorderete, i sentimenti di “simpatia”, “prudenza”, benevolenza”, che sono evocati in quell’opera fondamentale per la scienza economica moderna di Adam Smith, “Ricchezza delle Nazioni”, e ricordiamoci che Adam Smith insegnava filosofia morale, hanno prima ceduto il passo alle scelte puramente razionali dell’homo oeconomicus, strumentale alla costruzione di una teoria economica con pretese di scienza esatta, al pari della fisica. Ebbene, con i fallimenti, talvolta plateali, della teoria classica della “scelta razionale”, che non è riuscita a cogliere la complessità e la variabilità dei fenomeni che era chiamata a interpretare e a prevedere, nuovi indirizzi di ricerca economica hanno ormai preso il sopravvento, sia nel campo dell’economia cognitiva sia nel campo dell’economia sperimentale. Sono state poste le basi del superamento per il superamento dell’approccio che io chiamo “ingegneristico” ai problemi dell’economia. Tantissimi studiosi, ne cito solo alcuni, Amartya Sen, Daniel Kahneman, ma tanti altri, hanno ben riassunto l’importanza delle scelte valoriali nell’adozione di provvedimenti economici e l’importanza dei valori etici nel comportamento umano, contribuendo a demolire i postulati della teoria economica classica. 

Sul piano teorico, la diffusione delle regole etiche e delle prassi socialmente responsabili si giustifica anche quindi con il declino dei vari postulati epistemologici, ideologici che impedivano il dialogo tra etica, diritto ed economia. Ed è in questo dialogo che oggi si rafforza la concezione teorica dell’impresa responsabile. 

Sul piano pratico, il consolidamento delle prassi socialmente responsabili si ricollega, per la gran parte, al ruolo crescente della società civile, al ruolo crescente dell’opinione pubblica, assurte a “contro-potere del capitale”, come sottoscrive il sociologo tedesco Ulrich Beck. 

Come abbiamo visto in casi sempre più numerosi, i singoli consumatori, le loro associazioni, nell’era digitale, anche quando non riescono a decretare il successo di un prodotto o di un servizio, hanno il potere di boicottarlo, o di far precipitare in poche ore la reputazione, e quindi il valore, di una multinazionale. 

Nella diffusione dell’impresa responsabile emerge per l’imprenditore, cito un pensiero del filosofo Emmanuel Lévinas, il “doppio movimento” della responsabilità: “Colui del quale devo rispondere è anche colui al quale devo rispondere; devo rendere conto a colui del quale rendo conto; responsabilità di fronte a colui di cui sono responsabile: responsabile di un volto che mi ri-guarda, di una libertà”. 

Ecco, l’imprenditore risponde della sua impresa e nel contempo deve rispondere alla sua impresa, ai suoi impiegati, ai suoi azionisti, ai clienti, ai fornitori, e a tutti i portatori di interesse nel contesto in cui l’impresa è inserita. 

Come immaginate, e mi avvio alla conclusione, questo “doppio movimento”, movimento circolare della responsabilità è un concetto di portata universale, che riferito alla sostenibilità, di cui vi ho parlato, si applica e può essere applicato, anzi mi auguro debba essere applicato, ai più importanti fori multilaterali, ai leader dei governi, agli imprenditori ma vale anche per i singoli individui, siamo tutti inseriti, con ruoli diversi, nel complesso tessuto di rapporti economici, giuridici e sociali. 

A voi, giovani studenti, che siete interpreti del tempo presente e siete anche messaggeri di un futuro migliore, va il mio incoraggiamento ad abbracciare da subito, nei vostri studi ma, se mi permettete, anche dei nei vostri comportamenti, questa “etica della responsabilità”. Questa prospettiva, se nutrita da sentimenti di curiosità ed entusiasmo, e alimentata da costante impegno, vi permetterà di raggiungere dei traguardi che vi siete posti e, ciò che più conta, farà sì che il metro del vostro successo non sia costruito sulla sabbia del tornaconto personale ma sulla roccia del benessere dell’intera comunità a cui appartenete e di cui, solo così operando, diverrete protagonisti. Grazie.

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